Verso 57

Todo se disuelve sin dejar rastro, no queda huella en la memoria.

Todas las experiencias son impermanentes, están en constante cambio. Nada permanece fijo. Nada se detiene. No hay nada que no fluya y finalmente se disuelva sin dejar rastro.

Zazen nos entrena, de forma directa y sencilla, a permanecer sin movernos ante lo que aparece y desaparece. Esta disposición natural genera, con el tiempo, una ecuanimidad profunda: no una actitud pasiva, sino una presencia viva, clara y libre.

Vivir desde la ecuanimidad no significa reprimir el dolor ni negar la alegría, sino verlas tal como son: olas que vienen y van, sin dejar rastro en el océano profundo. Esta sabiduría no nace de la teoría, sino de la práctica perseverante. Con el tiempo, se convierte en una fortaleza interior, en una fuente inagotable de compasión y discernimiento.

Una de las historias más conmovedoras de nuestra tradición que ilustra esta enseñanza es la del cuenco de mostaza:

Una mujer desesperada por la muerte de su hijo acudió al Buda, suplicándole que lo devolviera a la vida. El Buda, con infinita compasión, le pidió que trajera un puñado de mostaza de una casa donde nunca hubiera muerto nadie. La mujer recorrió muchas casas, pero en todas había habido pérdidas. Comprendió entonces, sin que nadie se lo dijera, que la muerte forma parte de la vida. Y en esa aceptación silenciosa, su corazón comenzó a sanar.

Generalmente damos por cierta nuestra memoria, pero esta es frágil, maleable, incompleta. Está teñida por emociones, por el paso del tiempo, por narrativas que inventamos sin darnos cuenta. Reconocer esta fragilidad no es motivo de inquietud, sino una oportunidad para soltar la rigidez de nuestras opiniones y abrirnos a una percepción más lúcida y compasiva.

La memoria, aunque ilusoria en gran medida, cumple su función: nos da una sensación de continuidad, de identidad. Pero en la práctica, aprendemos a no tomarla por absoluta. Al fin y al cabo, despertar es disolver nuestras fabricaciones mentales, dejar que todo se disuelva sin aferrarnos. Y en ese vacío fértil, descubrimos nuestra naturaleza original.

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