Más allá del pensamiento la mente y las emociones son insondables.
En la Vía del Zen, las paradojas aparentes nos guían a ir más allá de nuestra comprensión habitual de la realidad. El pensamiento racional, aunque esencial para nuestra vida cotidiana, tiene su valor limitado. Nos ha permitido entender el mundo, desarrollar tecnologías y formar sociedades complejas. Sin embargo, también se encuentra atrapado en patrones rígidos, condicionado por nuestras experiencias, prejuicios y deseos. El antídoto a esta «enfermedad» es el «no pensamiento».
El no pensamiento no implica una total ausencia de actividad mental, sino más bien un estado de conciencia en el que trascendemos las barreras del pensamiento racional, «más allá del pensamiento». Es una apertura hacia una realidad más profunda, donde nos liberamos de las distorsiones que nuestras propias ideas y emociones imponen sobre la percepción del mundo. En este estado, somos capaces de percibir la vida con mayor claridad, sin los filtros usuales de nuestra mente analítica.
La sabiduría, entonces, no se encuentra en acumular conocimientos o ideas a través del estudio o la experiencia. No es algo que se pueda medir o analizar. Más bien, es un estado de ser, un estado en el que nos conectamos con la esencia misma de la realidad. La verdadera sabiduría se revela cuando aprendemos a ver el mundo no desde un lugar de conocimiento intelectual, sino desde un espacio de claridad profunda y compasión. El sabio no es aquel que sabe más, sino aquel que puede ver más allá de las limitaciones de su mente y emociones ordinarias.
Al abrirnos a la experiencia del no pensamiento, podemos alcanzar una realidad más amplia, una en la que nuestra naturaleza original se revela sin los obstáculos impuestos por la mente condicionada. Es en este espacio de no apego y no juicio donde podemos descubrir la verdadera sabiduría que reside en cada uno de nosotros, como una fuente inagotable e insondable.
Así, en el Zen nos sumergimos en lo insondable, no para buscar respuestas definitivas, sino para vivir en armonía con la fluidez y misterio de la existencia, permitiendo que el pensamiento se disuelva en la experiencia directa del ser.