Verso 62

Todo es uno en la no-dualidad, no hay nada que no sea abarcado.

Desde la perspectiva de la no-dualidad, no existe separación fundamental entre las cosas. Todo está contenido en la unidad; nada queda fuera, nada es ajeno. En este estado de comprensión, cada fenómeno, cada ser, cada instante, es expresión íntegra de la totalidad.

Si todo es uno, también nosotros y nosotras, en nuestra esencia, somos todo. Cada ser contiene en sí el potencial infinito de la existencia. Al mirar el mundo y a nosotros mismos desde este entendimiento, percibimos la profunda interconexión de nuestros pensamientos, palabras y actos con todo lo que es.

Nuestra práctica es, entonces, un cultivo de aceptación radical: un abrirse a la totalidad de la experiencia sin rechazar nada, sin separar ni discriminar. Pero este camino requiere una vigilancia atenta, porque las tendencias kármicas inconscientes —los patrones de rechazo, de apego, de juicio—  tienden a segregarnos internamente, a fragmentar la unidad vivida.

Si no reconocemos estas fuerzas sutiles, corremos el riesgo de excluir partes de nuestra experiencia, atrapadas en las imágenes limitadas que nuestro ego ha construido. Y así, nos alejamos de la verdad de «todo es uno».

Vivir desde la no-dualidad implica abrazar también nuestras tendencias más profundas, mirarlas con compasión y sin juicio, permitiéndoles ser vistas y liberadas. Solo al acogerlo todo —lo luminoso y lo oscuro, lo conocido y lo incómodo—  manifestamos plenamente la unidad que somos realmente. Solo así podemos responder al instante presente con autenticidad, en comunión con todo lo que es.

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