Esta verdad ancestral no está sujeta a lo breve o lo extenso, en ella un solo instante contiene la eternidad.
Para Dogen, el paso del tiempo —uji (有時), «ser-tiempo»— no es una sucesión de instantes que se consumen y desaparecen, ni una línea que conecta un pasado, un presente y un futuro separados. El tiempo no es algo exterior que nos afecta, sino la expresión misma de nuestro ser: ser es ser-tiempo, y cada ser, cada fenómeno, es un momento completo que contiene en sí la totalidad de la existencia.
La verdad ancestral no está sujeta a medidas humanas como lo breve o lo extenso. No puede reducirse a un intervalo de segundos ni abarcarse en millones de años. En esta verdad, cada instante —por pequeño o fugaz que nos parezca— es absoluto. Cada ahora contiene la eternidad. No porque dure para siempre, sino porque en su propia naturaleza es intemporal: no viene de ningún lugar ni se dirige hacia ningún destino.
Cuando nos sentamos en zazen, no lo hacemos para avanzar hacia un logro futuro. Sentarse, respirar, ser conscientes en este instante es ya manifestar el despertar. Practicar zazen es entrar en contacto con esta dimensión profunda donde el tiempo lineal se desvanece, y solo queda la presencia viva e ilimitada de cada momento. No practicamos para ser mejores más adelante, sino para vivir plenamente este ahora, donde todo se encuentra reunido.
Para Dogen «la práctica y la realización son uno». No existe separación entre el camino y la meta. De igual modo, no hay necesidad de buscar otra vida, otro momento, otro estado. Cada instante de vida, vivido con atención y entrega, contiene los «diez mil mundos». Este ahora, que parece tan breve y frágil, es, en verdad, el despliegue completo del universo entero.
En la práctica cotidiana, podemos olvidar esta dimensión y quedar atrapados en la ilusión de que el tiempo se nos escapa o nos empuja. Volver a la presencia —al simple hecho de estar aquí, respirando, sintiendo, siendo— es recordar que no somos arrastrados por el tiempo, sino que somos tiempo, somos este momento completo.
Por eso en la verdad ancestral no hay «venir» ni «ir». No nacemos ni morimos en un sentido absoluto: simplemente somos expresión de este fluir eterno que no necesita transcurrir para ser. Cada paso, cada mirada, cada respiración puede convertirse en un portal hacia esta eternidad siempre disponible.
Habitar plenamente cada instante es abrazar la eternidad que somos. No como una idea, sino como una experiencia viva, que disuelve las fronteras entre lo que creemos ser y el mundo, entre ahora y siempre, entre ser y tiempo.