Verso 65

Más allá del ser y del no ser, se manifiesta en todas partes.

Nada existe de manera independiente ni posee una esencia fija. Todo lo que percibimos es vacío: vacío de identidad propia. Sin embargo, esta vacuidad no debe confundirse con la no existencia o con un vacío nihilista. Las cosas son reales en tanto que surgen interdependientemente, en un flujo constante de relaciones que no dejan lugar a un ser aislado ni a un no ser absoluto.

La realidad —la talidad (tathata)—  no es algo separado o lejano. No es un estado oculto reservado a unos pocos, ni una verdad que aparece sólo en circunstancias especiales. Se manifiesta en todas partes, en cada instante, en cada encuentro, en cada respiración. Toda la realidad se despliega siempre, aquí y ahora, más allá de toda categoría que trate de encajonarla en «ser» o «no ser».

En zazen, soltamos el impulso de atrapar la experiencia en conceptos. No afirmamos ni negamos; simplemente nos abrimos a lo que es. Y en esa apertura, se revela la naturaleza verdadera de las cosas: ni existencia fija ni aniquilación, sino presencia viva, fluida, sin borde ni centro. Una realidad que no puede ser poseída ni delimitada, pero que puede ser vivida directamente.

Más allá de las palabras, más allá de las ideas de existir o no existir, esta presencia se manifiesta silenciosamente en todas partes. Es la taza que levantamos, la brisa que acaricia el rostro, el sonido de una campana a lo lejos. No hay necesidad de buscarla: ya está aquí, siempre disponible, delante de nuestros ojos, esperando ser reconocida en la sencillez de cada momento.

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