Verso 66

Lo infinitamente pequeño es idéntico a lo infinitamente grande, cuando se olvidan los límites y se disuelven las fronteras.

Los conceptos no son más que construcciones mentales que nos mantienen atrapadas en una visión fragmentada de la realidad. En la experiencia directa de la práctica, estas distinciones pierden su solidez. Una hoja, una montaña, un átomo o el universo entero son manifestaciones de la misma realidad fundamental, entretejidas en una red de interdependencia que trasciende nuestras categorías habituales.

En zazen, emerge naturalmente una percepción profunda de la realidad. Lo pequeño y lo grande, lo interno y lo externo, lo uno y lo múltiple, coexisten y se interpenetran más allá de los límites que el pensamiento impone. No es que lo pequeño se convierta en grande o lo grande en pequeño, sino que ambos, en su verdadera naturaleza, dejan de ser opuestos.

Esta experiencia de interpenetración se despliega en samadhi: un estado donde las fronteras entre uno mismo y el mundo se disuelven, donde ya no hay un adentro ni un afuera separados. Al «olvidar» los límites —es decir, al no fijar la atención en ellos—  permitimos que la unidad subyacente se manifieste de forma viva. Así, lo pequeño contiene lo grande, y lo grande se refleja plenamente en lo pequeño, sin conflicto ni separación.

Dogen expresa esta verdad de manera poética en el Genjokoan:

«Cuando el ser humano realiza el despertar es como el reflejo de luna en el agua. La luna se refleja en el agua pero no se moja, el agua no se agita por este reflejo.

La luz de la luna ilumina hasta el infinito. Ilumina toda la Tierra. Por amplia y vasta que sea su luz puede ser contenida en la mínima gota de rocío.

Así como la luna no agita el agua, el despertar tampoco es un obstáculo para el ser humano. El ser humano no pone más obstáculos al despertar que la gota de rocío a la luna o al cielo.

La profundidad de la realización es proporcional a la altura de la luna. La profundidad de la gota de rocío puede contener las alturas de la luna y el cielo».

En la visión verdadera, no hay diferencia de rango ni de tamaño: cada instante, cada fenómeno, cada ser refleja íntegramente la vastedad de la existencia. La gota de rocío no disminuye la inmensidad del cielo ni la luna se pierde en el reflejo. Así también, cuando soltamos las fronteras de la mente, podemos ver que lo infinito habita en lo más pequeño, y que cada manifestación particular contiene la totalidad.

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