Verso 67

Lo infinitamente grande es idéntico a lo infinitamente pequeño, los límites y las apariencias se desvanecen.

Nuestra visión del mundo está condicionada por los límites de nuestros sentidos, así como por los filtros de la cultura, la educación y las experiencias personales. Así como una persona habituada a los paisajes nevados puede distinguir matices en la nieve que otros pasan por alto, también nuestra percepción, moldeada por todos nuestros condicionamientos, solo alcanzamos a percibir una fracción de la vastedad de la realidad.

Vemos aquello que nuestros ojos, apoyados en nuestra sensibilidad y comprensión, son capaces de captar. La profundidad de nuestra percepción depende del grado de apertura que hayamos cultivado en nuestro corazón y nuestra mente. Sin embargo, incluso lo que creemos ver o entender son apenas reflejos parciales de una totalidad inconmensurable.

Cuando clasificamos la realidad en categorías como «grande» o «pequeño», «importante» o «insignificante», solo estamos elaborando interpretaciones basadas en nuestro punto de vista limitado. Más allá de estas divisiones, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño no son opuestos: se reflejan mutuamente, se interpenetran, son manifestaciones de una única y misma realidad.

Así como en el océano hay características que escapan a nuestra observación y existen innumerables montañas invisibles a nuestros ojos, también hay mundos, dimensiones y niveles de experiencia que transcurren más allá de nuestras concepciones habituales. El ojo condicionado ve fragmentos; la realidad plena permanece, siempre, más vasta de lo que cualquier fragmento puede contener.

Expandir nuestra mirada no es cuestión de acumular nuevas categorías, sino de soltarlas todas. Es descubrir que cada grano de arena contiene todos los océanos, y que la totalidad del cielo puede habitar una sola gota de rocío.

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