El ser es, en sí mismo, no-ser; el no-ser es, en sí mismo, ser.
En la tradición Zen, distinciones como «ser» (u) y «no-ser» (mu) no son polos enfrentados, sino manifestaciones inseparables de una misma realidad viva. Todo aquello que aparece como «ser» carece de esencia fija, es vacío (ku), y es precisamente este vacío lo que permite su surgimiento y su transformación constante. Del mismo modo, el «no-ser» no implica una negación absoluta, sino una dimensión que hace posible el fluir y la renovación de la existencia.
Cada instante se despliega como ser y no-ser entrelazados: nacer y desaparecer, formar y disolver, sin ruptura ni separación. La vida no es algo que se afirma contra el vacío, ni el vacío algo que niega la vida. Son uno.
En la práctica de zazen, esta unidad más allá de los opuestos se encarna. Sentarse no es buscar afirmar el yo ni disolverlo en la nada. No se trata de alcanzar un estado de «ser algo» ni de «no ser nada». Zazen es simplemente estar, más allá de toda categoría, en la frescura del instante en que ser y no-ser se reflejan mutuamente.
El maestro Dogen expresa esta experiencia con la frase «shinjin datsuraku» —«abandono de cuerpo y mente»—, señalando el acto de soltar completamente todas las fijaciones: soltar las ideas sobre el cuerpo y la mente, sobre el ser y el no-ser, sobre la práctica y la realización. No es aniquilación, ni indiferencia, sino un dejar caer espontáneo, natural, en el que la existencia se vive tal cual es, libre de los esquemas conceptuales que la fragmentan.
Cuando cesa la lucha por afirmar o negar, se revela una libertad más allá del pensamiento: una intimidad profunda, no fabricada, con todo lo que es.
Así, vivir esta unidad no es una abstracción filosófica, sino un modo de ser y estar plenamente aquí y ahora, con total apertura al flujo continuo en el que ser y no-ser son simplemente expresiones de una misma vida indivisible.