Si no es así, entonces no hay necesidad de aferrarse.
Si no comprendemos la verdadera naturaleza de la existencia —abierta, fluida, sin esencia fija— nos veremos inevitablemente atrapados en el impulso de aferrarnos. Aferrarnos a las formas, a las ideas, a la identidad. Pero todo aquello que intentamos retener está ya en proceso de transformación; nada permanece, nada puede ser poseído.
Cuando se reconoce íntimamente que la realidad no puede ser fijada ni encerrada, la necesidad de aferrarse se desvanece por sí misma. No hay esfuerzo por soltar: simplemente no hay a qué aferrarse.
En zazen, sentarse sin aspiración ni rechazo es entrar en contacto directo con esta verdad. No buscamos solidificar el yo, ni buscamos anularlo. No hay lucha. El instante se revela completo, tal como es, sin necesidad de intervención.
Aferrarse nace de la ilusión de separación; no-aferrarse nace de la experiencia de unidad. Allí donde cesa el deseo de retener o resistir, brota una libertad silenciosa, una intimidad sin barreras con todo lo que surge y se desvanece.
No se trata de abandonar el mundo, sino de habitarlo de otra manera: con los ojos abiertos, las manos abiertas, el corazón abierto. Al comprender que no hay nada permanente a lo que agarrarse, la vida entera se convierte en una expresión natural de la Vía.