Si puedes ser así, no hay motivo para inquietarse por el resultado.
La realidad es tal como es: en su despliegue inmediato, cada instante contiene la plenitud de lo que necesitamos. No hay nada que añadir ni nada que quitar. En la naturaleza cambiante de la existencia, cada momento es completo en sí mismo, sin depender de futuros resultados ni de logros pendientes.
Cuando, a través de la práctica, buscamos algo separado o distante, nos alejamos de la vivencia directa del ahora. La mente se extravía en conceptualizaciones, aspiraciones y deseos de alcanzar un estado mejor, perdiendo la riqueza silenciosa del instante presente.
Si podemos asentarnos en este momento tal como es, sin perseguir ni rechazar, no hay motivo para inquietarse. No es necesario abarcar lo infinito, porque lo infinito se manifiesta plenamente en cada respiración, en cada paso, en cada mirada sencilla. La actitud a cultivar no es controlar, poseer o entenderlo todo desde el intelecto, sino confiar en la interdependencia viva de la realidad y actuar con la serenidad de quien sabe que cada cosa encuentra su lugar naturalmente.
Cuando dejamos de lado nuestras inquietudes, nuestros cálculos y nuestros miedos, nos alineamos con la existencia. Vivir desde esta confianza no es pasividad, sino una forma activa de sabiduría: implica estar disponibles y con la mayor apertura posible a cada situación, respondiendo creativamente a las necesidades del momento, sin rigidez ni expectativas ilusorias.
Al reconocer que no necesitamos fabricar ningún resultado especial, la ansiedad se disuelve, y la vida misma se convierte en una danza de presencia y libertad, donde lo infinito se actualiza instante tras instante en el corazón mismo de lo que somos.