Zazen no es mindfulness

Práctica sin meta

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Hoy en día el mindfulness ha penetrado con éxito en hospitales, colegios, empresas y aplicaciones móviles. Se presenta como una herramienta eficiente para gestionar el estrés y encontrar equilibrio.

Y funciona. Cumple lo que promete.

Pero que algo funcione no significa que sea lo mismo que la práctica que realizamos en la tradición Soto Zen. A menudo metemos todo en el mismo saco: meditar es meditar, sentarse es sentarse. Sin embargo, no todo lo que nace del silencio apunta en la misma dirección.

El mindfulness, tal como se enseña mayoritariamente, es una tecnología de la atención. Su objetivo es claro y legítimo: reducir el sufrimiento psicológico y optimizar el funcionamiento mental. No hay nada malo en querer vivir con menos ansiedad o más enfoque.

El problema no es la técnica, sino la lógica que proyectamos sobre ella. En el mindfulness suele haber alguien que practica para conseguir algo. Hay un sujeto que aplica un método con la intención de obtener un beneficio: más calma, más rendimiento, más resiliencia. Es la estructura de nuestra cultura: invierto tiempo, obtengo un resultado.

Para muchas personas, el mindfulness es una puerta de entrada valiosa. El problema no es la puerta; es confundirla con la casa entera.

Zazen rompe esa baraja.

En el budismo Soto Zen no se practica para mejorar el «yo». Se practica «sin meta» (mushotoku). Y esto es un choque frontal con nuestra mentalidad de autooptimización.

Cuando practicamos mindfulness, el «yo» suele quedar intacto porque el marco desde el que se practica no cuestiona necesariamente la identidad que quiere mejorar. Quizá esté más tranquilo o sea más consciente, pero sigue siendo el centro que gestiona la experiencia, el que decide si la sesión ha sido «buena» o «mala» según cómo se siente.

En zazen, esa centralidad se agrieta. No nos sentamos para observar pensamientos y gestionarlos mejor; nos sentamos para descubrir que no hay un «propietario» sólido detrás de ellos. No hay un «yo» separado que pueda apropiarse de la calma y convertirla en capital psicológico.

Y esto no encaja fácilmente en nuestra manera habitual de entendernos.

A menudo, lo que realmente buscamos no es despertar, sino estar un poco más cómodos. Queremos aliviar la tensión, pero sin cuestionar el modelo de vida que nos la genera. Queremos experiencias espirituales, pero sin que se tambalee el trono desde el cual las vivimos.

Por eso zazen resulta tan poco comercial. En un sentido utilitario, zazen no sirve para nada. No te garantiza el éxito ni te convierte en una versión más eficiente de ti mismo. No es una herramienta para ganar la carrera del rendimiento espiritual; es una forma de bajarse de la carrera.

Mientras el mindfulness puede ayudarnos a soportar mejor la presión dentro de la misma estructura que nos agota, zazen cuestiona la estructura desde el simple hecho de sentarse sin buscar nada.

En mindfulness se habla de «atención intencional». Hay una voluntad que dirige: se focaliza la respiración, se etiqueta la emoción, se regula la reactividad.

En zazen, soltamos incluso esa intención. No manipulamos la experiencia. No etiquetamos. No corregimos. Adoptamos la postura, respiramos y permitimos que todo aparezca y desaparezca sin interferencia. No es una técnica de relajación; es un acto de entrega a la realidad tal cual es, sin filtros.

Esta práctica no es neutra ni aséptica. En la tradición Soto Zen, el silencio del cojín está cosido a la ética y a la interdependencia. No se trata solo de «sentirme bien», sino de comprender que no estoy aislado. La compasión no es un ejercicio mental de diez minutos, sino la consecuencia natural de ver que las fronteras de mi «yo» son porosas.

Zazen no es una versión avanzada de mindfulness. Es otra cosa. Es el gesto subversivo de dejar de intentar completarnos, de dejar de pulir nuestra imagen para que encaje en un ideal de «persona espiritual».

Es, sencillamente, la expresión de una comprensión que ya no necesita añadirse nada para estar completa. Y en una sociedad que vive de la sensación de carencia permanente, esa plenitud sin adornos es lo más transformador que podemos experimentar.