La cocina de Ryūan

Sobre servir sin convertirlo en sacrificio ni en compensación

Ryūan llevaba tres días sin pisar el dojo.

Se había ofrecido para la cocina antes de que empezara el retiro, semanas atrás, cuando todavía era fácil imaginarse generoso. Había escrito su nombre en la lista con una alegría casi infantil: cocina, turno de mañana y tarde. Se había visto a sí mismo picando verduras con la misma atención con la que otros permanecían inmóviles sobre el zafu, convencido de que serviría la sopa como quien hace una reverencia.

La realidad tenía otro horario.

A las seis y media, mientras el resto de la sangha se dirigía en fila hacia el dojo, Ryūan encendía los fogones. Oía la campana a lo lejos —tres golpes equidistantes— y sabía exactamente en qué punto de la sentada estaban los demás sin necesidad de mirar el reloj. Después de tantos retiros, el sonido de la campana se le había vuelto un mapa.

El segundo día, mientras cortaba una col con más fuerza de la necesaria, se sorprendió pensando: estoy perdiéndome el retiro.

La frase le pareció extraña en cuanto la formuló. ¿Perdiéndose qué, exactamente? Llevaba treinta años sentándose. Conocía el peso de las piernas dormidas, el frío de las cuatro de la madrugada, el modo en que la mente se aquieta después de la tercera hora y luego, sin avisar, vuelve a agitarse. Todo eso lo tenía. Lo que no tenía, esta vez, era el permiso para tenerlo.

Y, sin embargo, alguien tenía que cocinar.

Esa misma tarde, el maestro Eshin entró en la cocina a buscar agua caliente para el té y encontró a Ryūan sentado en un taburete, con las manos aún manchadas de tierra de las zanahorias, mirando la olla como si esperara que le respondiera algo.

—Pareces un hombre al que le han quitado algo —dijo Eshin.

—El dojo —contestó Ryūan.

En cuanto lo dijo se sintió ridículo. Era voluntario. Nadie le había obligado a nada.

Eshin no dijo nada durante un rato. Se sirvió el agua, sopló el vapor y finalmente preguntó:

—¿Recuerdas por qué te ofreciste?

—Quería servir a la Sangha.

—¿Y ahora?

Ryūan se rió, sin ganas.

—Ahora quiero que alguien más sirva a la Sangha y me deje entrar al dojo.

Eshin sonrió como quien ha oído esa frase muchas veces, en muchas cocinas, dicha por muchas personas distintas a lo largo de los años. Se sentó frente a él, en otro taburete, sin ninguna prisa por volver al zazen.

—Cuando aceptaste la cocina —dijo—, ¿en qué condiciones te imaginabas haciéndolo?

Ryūan lo pensó.

—Descansado. Tranquilo. Sirviendo con una sonrisa.

—Ya —dijo Eshin—. Era un compromiso hermoso.

Ryūan levantó la mirada.

—¿Era?

—Era hermoso porque todavía no pesaba.

Ryūan soltó una pequeña carcajada.

—Pues ahora pesa.

—Ahora es real.

Durante unos segundos solo se oyó el fuego bajo la olla.

—El que dijo que sí estaba entusiasmado —continuó Eshin—. El que ahora quiere salir corriendo está agotado. No te fíes demasiado de ninguno de los dos.

Ryūan miró la olla. El agua empezaba a temblar por dentro, sin llegar aún a hervir.

—Hay algo más —dijo, bajando la voz, como si confesara algo—. No es solo el cansancio. Es que siento que, mientras vosotros hacéis zazen, yo no practico. Que esto —señaló los cuchillos, las tablas, las verduras a medio cortar— no cuenta.

Eshin permaneció un momento en silencio.

—Cuéntame: cuando picas esa col, ¿dónde está tu mente?

—Aquí. En la col.

—¿Y cuando suena la campana y sabes exactamente en qué momento de la sentada están los demás, sin mirar el reloj?

Ryūan no respondió.

—Ahí no estás en la col —dijo Eshin.

Algo cambió en la expresión de Ryūan.

—Llevas tres días midiendo tu práctica en horas de zafu. Es una medida antigua. La conozco bien. Yo también la usé durante años.

—¿Y qué tiene de malo querer hacer zazen?

—Nada. El problema empieza cuando utilizas zazen para decidir cuánto vales como practicante. Zazen no es una moneda. Cuando empieza a serlo, dejamos de sentarnos para soltar algo y empezamos a utilizarlo para confirmar quién creemos ser.

Ryūan volvió a mirar las verduras.

—¿Y qué hago, entonces? ¿Me quedo aquí sin más, contento?

—¿Quién ha dicho que tengas que estar contento?

Ryūan sonrió.

—La cuestión no es que te guste la cocina —continuó Eshin—. Probablemente ahora mismo preferirías estar en el dojo. La cuestión es si esto puede ser tu práctica de hoy sin convertirlo en un sacrificio, una hazaña ni una compensación por el zazen que no estás haciendo.

Ryūan bajó la mirada hacia sus manos manchadas de tierra.

—No sé si puedo dejar de sentir que me estoy perdiendo algo.

—No hace falta.

—¿No?

—No. Déjalo estar ahí. Si estuvieras en el dojo y te dolieran las rodillas, ¿necesitarías que desapareciera el dolor para continuar sentado?

—No.

—Pues esto también duele un poco.

Se hizo un silencio distinto al anterior.

Ryūan escuchó el fuego, el pequeño borboteo que comenzaba en el fondo de la olla.

—Hay algo que quizá te sirva —añadió Eshin—. Yo hice cocina en mi tercer retiro. Los primeros dos días odié cada minuto. Al tercero empecé a notar el vapor del arroz, el sonido del cuchillo sobre la tabla, el momento exacto en que había que bajar el fuego para que la sopa no hirviera demasiado fuerte.

—¿Y dejaste de echar de menos el dojo?

Eshin negó con la cabeza.

—No inmediatamente.

Aquella respuesta pareció sorprender a Ryūan.

—Entonces ¿qué cambió?

Eshin pensó un momento.

—Dejé de esperar que la cocina se convirtiera en el dojo.

Ryūan guardó silencio.

—El vapor era vapor. El cuchillo era el cuchillo. Y yo estaba allí. Resultó que la Vía no me había estado esperando en el dojo. Estaba ya en la cocina, antes de que yo lo notara.

Se levantó con la tetera en la mano y se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—El retiro que imaginaste no existió nunca, Ryūan. Solo existe este: con esta col, con esta campana que no es para ti, con este cansancio. No hay otro en ninguna parte al que puedas llegar tarde.

Cuando Eshin se fue, Ryūan permaneció un rato sentado en el taburete.

No se sentía especialmente iluminado.

Seguía queriendo entrar en el dojo.

Durante unos segundos incluso calculó cuánto faltaba para la siguiente sentada y si tendría tiempo de dejar adelantada la cena para escaparse.

Entonces la olla empezó a hervir.

Ryūan se levantó, bajó el fuego y volvió a coger el cuchillo.

Afuera, la campana sonó de nuevo, tres golpes y silencio, marcando el final de la sentada. Ryūan la escuchó igual que siempre, como un mapa que ya no necesitaba mirar.

Pero por primera vez en tres días, cuando el sonido se apagó, sus manos ya estaban otra vez sobre la tabla, y la col, y nada más.

Entradas relacionadas

El cuerpo no es el obstáculo

Una reflexión sobre por qué el cuerpo no es un obstáculo para la práctica de zazen, sino el camino mismo. Incluye el trabajo con el dolor, el envejecimiento ...

¿Normalidad o domesticación?

Una lectura de El mito de la normalidad desde la práctica del budismo zen, el trauma, la adaptación y la posibilidad de despertar.

Genjōkōan

Una reescritura en español contemporáneo del Genjōkōan de Dōgen, acompañada de notas de lectura y práctica desde la tradición Soto Zen.